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Alberto Frutos Díaz

Alberto Frutos, periodista. Amante del cine, la música y los libros. Director y presentador de 'A día de hoy', 'El Submarino' y 'Metrocine' en Metrópolis FM. Colaborador en diversos medios radiofónicos y escritos como experto en cine y series. El cine es el primer arte, nunca el séptimo.

 

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Comentarios y críticas de los estrenos cinematográficos más importantes que se produzcan cada semana. Sirva este blog como acuarela donde, para gustos, los colores.

 

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Pantalla Grande

 

 

 

Publicado: 20/05/2013

Una escena. Dos personajes. El lugar, una habitación repleta de flores, colores y dulces. Uno de ellos le pregunta al otro: "¿No te parece demasiado?". Su respuesta: "Es lo que quieres". Y, en esa mínima charla, puede que quede marcada de la mejor manera posible el espíritu, la personalidad y la ambición de la nueva adaptación cinematográfica, la quinta, de 'El Gran Gatsby'. Una de las novelas más populares de F. Scott Fitzgerald, que llega por quinta vez a la pantalla grande (ha tenido hasta una versión muda en 1926), lo hace de la manera más excesiva y apabullante posible, obviando los temas más 'profundos' que podría aportar para centrarse en el 'más es más' teoría y práctica que lleva a rajatabla su protagonista y, en esta ocasión, también su director. Estamos ante una película de Baz Luhrmann. Estamos ante una película del responsable de, respectivamente, una joya ('Romeo+Julieta'), una obra maestra ('Moulin Rouge') y un despropósito ('Australia'). ¿Nos ubicamos? ¿Sí? Pues, entonces, se anulan las manos en la cabeza de todos aquellos puristas que esperen una adaptación al servicio de la prosa contundente de Fitzgerald. No, esta es la versión que hubiera rodado Gatsby de su historia. Desmedida, salvaje, arrebatadora. Y también vacía. 

 

Luhrmann es consciente de que su manera de contar las historias se aleja bastante de su referente literario por lo que dedica el 100x100 de sus esfuerzos en lo que mejor sabe hacer, descorchar el champagne, preparar los fuegos artificiales, subir la música, alocar al personal, ir a 140 km. No hay tiempo para más, hay mucho que contar y 'solo' 140 minutos. Y los que vayan al cine esperando otra cosa, saldrán irremediablemente decepcionados. No es una historia de clases, no es una reflexión sobre la sociedad norteamericana, no es un estudio psicológico de sus personajes. No, 'El Gran Gatsby' de Luhrmann, es 'el melodrama romántico más grande jamás contado', la épica de la lujuria, primero, y el romanticismo, después, al servicio de un despliegue visual y musical (tremenda banda sonora) de primer orden, con el sello de un director al cual se le pueden atribuir muchos defectos pero al que no se le puede negar una personalidad irreductible. Y, si bien es verdad que se le empiezan a ver los trucos y tics a leguas, de momento sigue dando con las teclas exactar para ofrecer fastuosos espectáculos. Y de esto se trataba. 

 
 
El reparto parece algo perdido al comienzo pero totalmente rendido a la pasión de su director conforme pasan los minutos de un metraje demasiado extenso pero repleto de grandes momentos. Tobey Maguire continúa siendo un actor correcto. Y ya. Joel Edgerton está imponente con su Tom Buchanan, mientras que Elizabeth Debicki enamora a la cámara, al espectador y a cualquier ser humano con criterio que se le ponga delante. Mención aparte para las dos grandes estrellas de la función, Carey Mulligan y Leonardo Di Caprio. La primera continúa con una racha espectacular de buenos papeles y mejores interpretaciones. Lo de Di Caprio es otra historia. La de un actor que ha sabido rodearse de los mejores (Spielberg, Allen, Scorsese, Eastwood, Nolan) para crecer hasta asentarse como uno de los grandes. Y lleva unos cuantos años asentado en ese terreno tan valioso como peligroso. Su Gatsby comanda con mano firme una película gigantesca a la cual se le agradece su devoción casi religiosa hacia el contexto y la forma pero a la que se le puede echar en cara cierta falta de una emoción que solo aparece en momentos puntuales. La cuestión es que, esos momentos/momentazos, están a la altura de lo que se esperaba, que no era poco. 'El Gran Gatsby' es un derroche de TODO. ¿Os parece demasiado? Es lo que quiere Luhrman, y es su fiesta. Así que, ni una palabra más. Y sube la música.

 

 

 

 

 

Publicado: 14/05/2013

Nos hemos equivocado, todos, con el titular al que hemos unido 'Stoker' desde el mismo momento en el que salió a la luz el proyecto. "El salto de Park Chan-wook a Hollywood", decíamos. Y no. Hollywood ha dado el salto a Park Chan-wook, que no es lo mismo. El director surcoreano ha hecho absolutamente suya una historia que, en manos de otro, cualquiera, podría haberse quedado en tierra de nadie, convertido en un homenaje a Hitchcock de andar por casa. Pero no. El genio responsable de obras maestras tan impresionantes como 'Old Boy' o 'Sympathy for Mr. Vengeance', despliega todo su arsenal visual y estético para dar forma a una película que se convierte en un tesoro en el desierto en el que se ha convertido nuestra cartelera. Una experiencia sensitiva de primera categoría, un cuento tétrico y sombrío sobre el despertar sexual, los traumas adolescentes, la pérdida de la inocencia, el hacerse mayor a través de la sangre y el sexo, los silencios y los gritos, la pérdida y la resurección. Todo está condensado en un trabajo mayúsculo que no permite al espectador la más mínima pausa, a pesar de ser de todo menos trepidante. 

 

Si pestañeas en 'Stoker' es probable que te pierdas, mínimo, una imagen hermosas y, lo más importante, necesaria para entender el universo que estás habitando de manera activa. Porque estamos ante una película que, trazando un imposible paralelismo con el cine de Malick, atesora las mejores capacidades para explotar las sensaciones del espectador. Entras en la película y no sales. No te da esa oportunidad. Chan-wook rueda con la maestría y seguridad que solamente tienen los genios, derrochando personalidad, carisma e imaginación en cada plano, sin excepción. El resultado, que podría haberse convertido en un ejercicio de estilo prepotente y egocéntrico, es un trabajo hipnótico, poderoso, espectacular y sutil a partes iguales. Un disfrute absoluto. Lo mismo que ocurre con la interpretación de su protagonista, Mia Wasikowska, que, con una madurez asombrosa, carga con el peso de la película a sus espaldas comiéndose con patatas al resto del reparto, un correcto Matthew Goode y una notable Nicole Kidman que, en los últimos años, paece haberse reencontrado con su mejor versión.

 

Una ducha, una cena, una araña, unas cartas, un baile, un piano o un tobogán, cualquier elemento o situación se convierte en sombría y turbia  poesía en 'Stoker', todo es hermoso de observar, de escuchar, de disfrutar con los ojos bien abiertos. Y, aunque puede que la historia no esté a la altura titánica del envoltorio, 'Stoker' se convierte por derecho propio en uno de los thrillers más potentes y sorprendentes de los últimos años. Un festín visual dispuesto por el chef Chan-wook, un tipo capaz de llevar a toda una industria a su terreno en una apuesta arriesgada pero digna de aplauso por el atrevimiento y la seguridad demostrada. Exige la máxima atención, toca dejarse capturar por una película que, a cambio, te regala un incalculable número de escenas asombrosas. Aproximadamente, una cada dos minutos. Dura cien. Saquen números. Y no se olviden de aplaudir.  

 

 

 

 

 

Publicado: 28/04/2013

Señores y señoras, ya estamos en la fase 2. Rápido, aseadito y  sin despeinarse, la Marvel reactiva su máquina de secuelas para llegar a tiempo a esa meta, con mayúsculas, que es 'Los Vengadores 2'. Porque, a estas alturas pocos pensarán lo contrario, el blockbuster definitivo que redondeó Joss Whedon nos hizo olvidar el desastre que había sido 'Iron Man 2', lo normalitas que eran 'Thor' y 'Capitán América', las nefastas adaptaciones que había tenido un personaje tan jugoso como Hulk y, por encima de todo, recobrar la fe en la vida de gran cine más allá de la maestría de los Batman de Nolan. Aquel parque de atracciones perfecto en ideas y ejecución tiene su primera continuación en 'Iron Man 3', encargada de inaugurar el nuevo camino hacia el reencuentro de todos los personajes y la temporada de taquillazos primaverales/veraniegos. Las primeras críticas y reacciones han sido de puro entusiasmo, énfasis en la alabanza, virtudes declaradas a los cuatro vientes, como si estuvieramos ante la película Marvel definitiva. Y no. Aunque por poco.

 

No tan redonda como las expectativas, ay las expectativas, nos habían hecho desear, esta tercera entrega de Iron Man eleva el listón que su nefasta predecesora había dejado y lo sitúa a la altura, puede incluso que la eleve, de aquella primera aventura en la que conocimos al superheroe y, por encima de todo, a Tony Stark. Y gran parte de culpa la vuelve a tener, de nuevo, Robert Downey Jr., ese actor al que nadie, sí, nadie, creía capaz de estar a la altura de un papel que ha terminado convirtiendose en una de esas fusiones perfectas entre personaje e intérprete. Derrochando carisma y presencia, Downey Jr. se enfrenta a la trama mejor construida de la saga, a la más completa, arriesgada, divertida e inteligente, firmada por el también director de la cinta, Shane Black, cuya única película hasta la fecha, la estupenda 'Kiss Kiss Bang Bang', ya nos daba muestras de lo que podía llegar. Y lo que ha llegado ha sido una cinta de entretenimiento palomitero de primer orden, nostálgica, repleta de guiños a 'Los Vengadores', inevitable, pero también al cine de espías más clásico, sorprendente. No es difícil encontrar ecos de James Bond, el primero y el último, en algunas escenas de acción más artesanales y analógicas de lo esperado, aunque sean minoría frente al festín de efectos especiales que encontramos en puntos estratégicos de la historia, provocando un ritmo ejemplar.

 

También queda tiempo para analizar al hombre detrás del superheroe, un Stark más humano, igual de sarcástico e irónico, pero dubitativo y melancólico. Su amistad  con un niño marginado de un pueblo perdido de la América profunda nos regala los momentos más interesantes de un personaje que, casi siempre, ha funcionado mejor sin su traje de trabajo.  Hay acción, buenos personajes (Gwyneth Paltrow, Guy Pearce), otros algo desaprovechados (Ben Kinglsey, Rebecca Hall), humor, ternura y épica en una tercera entrega que continúa subrayando la buena racha de Marvel, la cual parece haber encontrado la fórmula exacta para sus adaptaciones. Dar libertad a unos directores enamorados de los personajes que tienen en sus manos. Queda inaugurada, de manera inmejorable, la segunda fase. Y la temporada de blockbusters. Y las palomitas, claro. 

 

 

 

 

 

Publicado: 21/04/2013

 Sería bueno preguntarse hace cuanto tiempo exactamente la frase promocional 'Basada en el aclamado best seller' se convirtió, casi, en advertencia directa del desastre. 'Memorias de un zombie adolescente' llega a nuestras carteleras bajo el mismo manto, novela adolescente que triunfa en ventas y consigue, como si fuera un premio obligado, la adaptación al cine correspondiente. Pues claro, uno se pone a temblar de inmediato, reza si hace falta y hasta se encomienda a todos los santos que conoce, que no son muchos ni muy amigos, para que el sufrimiento sea lo más llevadero posible. Y, noventa minutos más tarde, le toca tragarse sus palabras, por listo, salir del cine con la sonrisa en la cara, admitiendo el error del prejuicio hasta el punto de que la tópica sentencia de "no ha estado tan mal'" se queda corta. De hecho, conviene sustituirla y admitir que difícilmente podría ser mejor.

 
Romeo y Julieta adaptada al mundo zombie, el amor como eje central de una historia que no puede evitar sus instantes de puro azúcar pero que los dosifica tan bien que ni siquiera molestan, es más, se aprecian y desprenden una ternura contagiosa. Un logro más que apuntarle a un director, Jonathan Levine, que es el verdadero artífice del milagro. Responsable de la estupenda '50/50', película que no llegó a estrenarse en nuestro país de manera incomprensible y que dejaba entrever su personalidad, Levine apuesta por convertir 'Memorias de un zombie adolescente' en una comedia romántica independiente más cerca de, por ejemplo, 'Juno' que de la saga 'Crepúsculo', lo cual se agradece  de manera infinita. Protagonizada por Nicholas Hoult y Teresa Palmer, pareja de jóvenes guapos y (semi)famosos que, sorpresa, también saben interpretar, esta historia que podría haber caído, de sobra, en el tópico y la cursilería gratuita, sabe esquivar las trampas y termina convirtiéndose en una más que agradable sorpresa.
 
 
Ayudada por una banda sonora digna de aplauso, no solamente por los artistas que se suceden (Feist, The National, Bruce Springsteen, Bob Dylan o M83), sino por la inteligencia y el detalle con el que está utilizada, 'Memorias de un zombie adolescente' pondrá de acuerdo a los fans puristas de la novela que acudirán en masa para ver que han hecho con SU historia, y a ver quien es el listo que les convence de lo contrario, y a aquellos que no conociamos de su existencia. Éxito merecido para un director que ha convertido un material tan universal y reconocible en una película entretenidisima, divertida, tierna y, por momentos, emocionante. Sí, y está basada en un aclamado best seller. Pasa por hablar. 

 

 

 

 

 

Publicado: 21/04/2013

 Cuando tu anterior película es 'El árbol de la vida', no debe ser fácil. Nada fácil. Dudo mucho que Terrence Malick, por más extravagente y huraño que pueda ser, por más que se aleje de las multitudes, entregas de premios y fiestas organizadas para codearse con estrellas del star system, fuera ajeno al aluvión de comentarios, alabanzas, críticas, insultos, polémicas y aplausos que consiguió su anterior film. Estafa para muchos, obra maestra para otros, desafío a la narrativa cinematográfica contemporánea, poema para elevar los sentidos, aquella película hablaba sobre TODO, la existencia, la creación del universo, la niñez, el paso a la adolescencia, el mundo adulto, la muerte, Dios, la naturaleza, la educación, la figura materna y paterna y todas las temáticas existenciales que uno pueda barajar como posibilidad para dar forma al complejo puzzle de la Humanidad y su contexto, Malick rodó como nadie hasta entonces el poema cinematográfico definitivo. Para un servidor, la película que mejor define el concepto 'obra de arte', un trabajo monumental en todos los sentidos en el que, si entrabas, era imposible que salieras, que te llevaba hacia otro nivel, que cambiaba tu visión de las cosas, que te hacía reflexionar desde el interior todo lo que acontecía en el exterior. Una de esas películas que no se estrena, sino que existen. Con todo lo que eso supone. Malick, cineasta que para entonces atesoraba la etiqueta de autor pero que la convirtió en personal e intransferible, repite concepto formal en 'To the wonder', aunque esta vez decide centrarse en tres únicos temas. El amor, el desamor y la religión. Casi nada. 

 

Con semejantes protagonistas argumentales y el talento ya demostrado de su director para conseguir poesía de los sentimientos y las sensaciones humanas, uno espera una obra maestra, una película que se inyecte en el cerebro y no lo abandone, que potencie la experiencia de estar en una sala de cine, que repita los efectos, primarios y secundarios, la huella que dejan casi todos los trabajos de Malick. Pero no, por desgracia, no sucede. Cuidado, tampoco estamos ante el desastre que muchos se han encargado de vendernos, 'To the wonder', no es el horror anunciado pero tampoco la gran película que uno espera. La indiscutible potencia y belleza de sus imágenes, maravillosas, absorbentes, hipnóticas, continúa presente, demuestra una vez más que nadie, absolutamente nadie, tiene la capacidad de enseñarnos lo que nos rodea con la poética magia del director estadounidense (y la inestimable ayuda de la fotografía de Emmanuel Lubezki), pero es el núcleo de la historia lo que no termina de funcionar. La pasión y el éxtasis que relacionamos con el inicio de una historia romántica, las dudas, los anhelos, los conflictos que se suceden en el momento en el que la rutina y las circunstancias empiezan a convertirse en enemigas implacables, las mentiras, la confusión, la tristeza que aparece cuando se descubre que el amor se convirtió en necesidad, el cariño en artificio, la estabilidad en puente quebradizo. Todo eso está presente en 'To the wonder' y, sin embargo, no termina de calar en un espectador que presencia un, otro, poema visual de altísimo vuelo pero en el cual los paisajes se suceden sin dejar ecos en el cerebro y, mucho peor, en el corazón.
 
 
Belleza gélida, 'To the wonder' esconde auténticos hallazgos, una rosa roja en la nieve, superviviente, alicaida pero fuerte, una danza repleta de metáforas y belleza a lo largo de un supermercado, un mar sobre el que los amantes pueden caminar, desprovistos de miedo alguno, una mínima luz en la oscura soledad de un bosque, el desierto en el que se puede convertir un metro plagado de gente, lo bello y lo triste que puede ser una ciudad como París cuando la mirada está influida por unos u otros sentimientos. Ben Affleck, Olga Kurylenko y Rachel McAdams, el personaje menos logrado del triángulo amoroso, pululan como fantasmas por un mundo repleto de luces y sombras, de grandes espacios y cárceles mundanas, de caricias y gritos. Javier Bardem, interpretando a un párroco con problemas de fe, termina cerrando el círculo, dando sentido a su personaje y al global de la película, en un desenlace soberbio, a la altura del mejor Malick, repleto de cenizas, autoconvencimiento y melancolía. Sensaciones que resuenan en la cabeza de los personajes con la misma fuerza que uno desearía que lo hicieran en la suya. Ecos del pasado, dolor real y aeropuertos vacíos. Y su triste belleza. 

 

 

 

 

 

Publicado: 19/04/2013

Recuerdo cuando leí por primera vez 'On the road' de Jack Kerouac. Esa sensación, ese aroma a libertad, esa magia que desprendía cada página, el olor a cigarrillo y bares de jazz, a rueda gastada y sudor en la frente, a sexo salvaje y delicado, desesperado, inocente, ingenuo, carente de sentido, lleno de pasión. Aquel libro elevaba la generación beat a universal, transformaba a sus protagonistas en testimonio generacional de puño y letra, fantasmas ansiosos de carne que deambulaban por carreteras perdidas intentando encontrar respuestas, o preguntas, y que terminaban descubriéndose abandonados a una suerte que, sin buscarla, pocas veces aparece. Todos podíamos vernos reflejados en los anhelos, las dudas, los desvaríos, la locura de Sal Paradise, Dean Moriarty y Marylou, tres personajes claves para entender la (mejor) literatura norteamericana del siglo XX. Ahora, todas aquellas imágenes que proyectamos mentalmente durante horas y horas de lectura se hacen realidad, ponemos rostro a esos nombres, música al camino, voces a sus palabras. Y uno, visto el resultado, hubiera preferido que el tesoro se hubiera quedado escondido entre sus páginas.

 

Walter Salles, director responsable de películas tan extraordinarias como 'Diarios de motocicleta' o 'Estación central de Brasil', ofrece la peor adaptación posible del texto de Kerouac. O, mejor dicho, la más dolorosa. Ausente de todas las virtudes, infinitas, que atesoraba la novela, 'On the road' se pierde en la nada más absoluta, la narración más torpe, la superficialidad más molesta. A Salles solamente parece importarle el lema 'sexo, drogas y rock and roll' para definir a una generación a la que deja desprovista de la más mínima reflexión a favor del morbo, el énfasis ridículo, la escena de cama de turno. Tampoco ayuda su trío protagonista formado por Garrett Hedlund, Sam Riley y, sí, Kristen Stewart, esa actriz que ha decidido cargar sobre sus espaldas con una saga infumable que marcará, para mal, todos los buenos trabajos que realice a partir de ahora. Sirva esta película como ejemplo. Viggo Mortensen, Amy Adams, Elisabeth Moss, Kirsten Dunst, Terrence Howard y Steve Buscemi también aparecen para aportar algo de valor interpretativo a una propuesta que, ni con esas, consigue salvarse.
 
 
Se puede pensar que una crítica así puede nacer de la comparación, odiosa comparación, entre el libro y su adaptación, pero no. Dudo mucho que alguien que no haya leído la novela decida hacerlo después de ver una película aburrida, carente de alma, torpe, capaz de desaprovechar una oportunidad de oro, complicada, sí, pero de oro, para transmitirnos algo de la belleza y encanto de su referente literario. 'On the road' es uno de esos libros que pueden cambiarte la vida, ofrecerte argumentos para verla de otro modo, descubrir tu reflejo, sentir cosas, vivir experiencias, olvidar pasados e inventarte unos nuevos. 'On the road' es, ahora también, una película que duele, por lo que pudo ser y no es. Por lo que debería haber sido y no quiere ser. Siempre nos quedará el reencuentro con Sal, Dean y Marylou en las páginas que nos regaló Kerouac. Y yo, lo primero que haré cuando los vuelva a ver, será pedirles que no vean su película. O, mejor dicho, la película que debería haber sido suya y nuestra y que, lástima, no es de nadie. 

 

 

 

 

 

Publicado: 19/04/2013

En estos tiempos que corren, o andan a paso de tortuga, uno ya no lo tiene muy claro, una película como 'Tierra prometida' suena a utopía. Ensalzar la bonda del ser humano, el proceso de cambio y conciencia personal de un ejecutivo ambicioso y perseverante en su búsqueda de comprar los terrenos, potenciales para la perforación, de unos humildes ganaderos que consiguen con sudor y lágrimas llegar a fin de mes, suena a cuento. El panfleto medioambiental es ligero e infantil, ejemplificado a la perfección en esa explicación para niños de primaria, literal, que ofrece el imposible personaje interpretado por John Krasinski, un contexto argumental que sirve como excusa para hablar de la transformación del 'monstruo' en 'héroe'. Nada nuevo bajo el sol pero, al menos, bien contado.

 
'Tierra prometida', pese a caer en los tópicos más evidentes de este tipo de historias, a saber, discursos rimbonbantes, giros de guion final tan inverosímiles como efectivos o un personaje femenino desaprovechadísimo, algo aún más doloroso cuando es la maravillosa Rosemarie DeWitt la que lo interpreta, no es una mala película, ni muchísimo menos. Dirigida con oficio por Gus Van Sant, ese director capaz de lo mejor, lo peor y lo intrascendente, esta historia agradable y alejada de cualquier tipo de pretensión más allá de ofrecer al espectador un buen rato, se sigue con interés, se disfruta con prudencia, deja buen sabor de boca. Y gran parte de culpa la tiene su reparto. A los mencionados Krasinski y DeWitt, tan estupendos como siempre, se suman Frances McDormand y Hal Holbrook, dos seguros de calidad que, aunque sea en papeles muy secundarios, reparten carisma y presencia en cada plano. Y Matt Damon.
 
 
Responsable del guion, a medias con el omnipresente Krasinski, y protagonista absoluto del film, el retirado agente Bourne continúa dando forma a una carrera más que estimable, combinación de blockbusters en potencia y proyectos más arrriesgados, con mayor o menor fortuna pero siempre con algún interés artístico. En otros parece pose pero en Damon, guste más o menos, parece una actitud real. Justo lo contrario que sucede con su personaje. Se agradecen, o al menos se valoran, películas optimistas, benevolentes con sus personajes, reivindicativas en el mensaje de continuar creyendo en la sociedad con los ojos cerrados. El problema reside en que, a día de hoy, los ojos están más que abiertos. En otro tiempo, en otro lugar, en otra situación, 'Tierra prometida' sería un bienintencionado drama para toda la familia, un amable alegato a favor de nuestras virtudes y, en menor medida, una clase de apoyo sobre la problemática medioambiental. Hoy, es pura ciencia ficción. Y puede que esa sea la dosis de dramatismo. O de pesimismo. O, peor, de realidad. 

 

 

 

 

 

Publicado: 14/04/2013

Lo de Tom Cruise tiene mérito. Mucho. Todo el del mundo. Ser una superestrella de Hollywood durante más de tres décadas no es poca cosa, al contrario, demuestra una intuición privilegiada, un olfato maestro a la hora de conocer a un público, el suyo, capaz de llenar cines con la simple excusa de ver su nombra en el cartel. Un nombre que, por cierto, aparece casi al mismo tamaño que el título de la película en cuestión. No estamos hablando, ni muchísimo menos, de una carrera inmaculada, echando un vistazo encontramos tropiezos más que importantes, algunos de ellos bien recientes ('Rock of ages', 'Jack Reacher') pero, en general, uno no puede más que admitir la evidencia de que Cruise y taquilla, son lo mismo, que su presencia sigue justificando películas, que los productores ponen la firma, y el dinero, cuando él está dentro del proyecto, que su estatus continúa, cienciologías, divorcios y ataques de entusiasmo desmedido televisado aparte, intacto. Frente a las estrellitas de tres al cuarto que la meca del cine se empeña en crear cómo si de rosquillas se tratase, Cruise es uno de los referentes, uno de los ejemplos a seguir, por constancia, inteligencia y compromiso con su trabajo, el de contentar a un grupo de personas que pagan una entrada para aislarse del mundo exterior.

 

'Oblivion' es su nueva película. Sí, está dirigida y escrita por Joseph Kosinski, responsable de la infravalorada 'Tron: Legacy', pero este es el espectáculo de Cruise, un traje de ciencia ficción hecho a su medida. Sus fans acérrimos disfrutarán sin descanso, sus detractores experimentaran algo parecido a la tortura. ¿Y los demás? Pues los demás nos encontramos con una cinta futurista con un estilo visual tan apabullante como gélido, tan elegante como reiterativo, que contextualiza de manera poderosa una historia que pretende ser compleja pero que termina demostrando una sencillez común, un revuelto de giros de guion no demasiado sorprendentes situados estratégicamente en una trama lastrada por un ritmo irregular, con demasiados puntos vacíos, lagunas producidas, en parte, por un exceso de duración evidente. Kosinski quiere hacer su homenaje al género metiendo en la coctelera todos los referentes posibles, volcando todas sus influencias, haciendo de 'Oblivion' casi un juego para el espectador atento que puede divertirse buscando las influencias, evidentes, de, entre otras, '2001. Una odisea en el espacio', 'Matrix', 'Star Wars', 'Wall E', 'Soy leyenda', 'Independence Day', y un largo etcétera.
 
 
No se trata de algo reprochable, seguramente el género de ciencia ficción sea el más proclive a realizar este tipo de retroalimentación y juego referencial, pero si que deja a 'Oblivion' sin una personalidad propia que la eleve, o sitúe, al nivel de los grandes clásicos. El entretenimiento es relativo, el apartado técnico, deslumbrante, la banda sonora firmada por M83, fantástica, y el tramo final, pese a caer en el lugar más común de todos, es poderoso pero, en conjunto, se trata de un producto situado en un punto extraño, ese que separa el cine complejo, profundo, con aspiraciones artísticas del palomitero, blockbuster primaveral que anticipa el tono de los estrenos veraniegos que cada vez comienzan a llegar antes a nuestras carteleras. Al final, la película puede ser una metáfora de la carrera de Cruise, dividida en cintas de mayor peso dramático y otras destinadas a reventar taquillas, pero (casi) siempre con aspectos interesantes, detalles que justifican una carrera (y un actor) a reivindicar. Como película de ciencia ficción, aceptable, nada extraordinario. Como enésimo ejemplo de carisma y poder Cruise, un género en sí mismo, redondo. 

 

 

 

 

 

Publicado: 12/04/2013

Que sí, que cuando uno tiene un estatus como el de estos tres señores llamados Al, Christopher y Alan y apellidados Pacino, Walken y Arkin, respectivamente, puede permitirse bajar el pistón, colocar el piloto automático, cobrar el cheque y mirar a otra parte, cometer el crimen y no aparecer por el juicio, escapar de la persecución de las alabanzas y colocar su nombre por encima de títulos, carteles promocionales y publicidad varia. El problema es que, salvo los últimos años de Arkin y Walken, lo de Pacino es digno de análisis. O todo lo contrario. Si él es perezoso y no se preocupa demasiado por los papeles que escoge, ¿por qué un crítico debería perder el tiempo haciéndolo? Con todo, 'Tipo legales' es casi un Shakespeare comparada con sus últimos trabajos que, recordemos, son 'Jack y su gemela' , 'Policias de Queens' y 'Asesinato justo', donde compartía dosis de vergüenza ajena con Robert de Niro, paralelismo exacto en esto de destrozar carreras (propias). Pero si olvidamos todos estos desastres, algo complicado de hacer si se ha tenido la desgracia de verlos y sufrirlos, nos encontramos con una película cuyo mayor mérito es convertir en muy mediocre algo que podría haber sido, al menos, simpático.

 
'Tipos legales' no es divertida, ni autoreferencial, ni crepuscular, ni entretenida, ni emocionante, ni nada. Una historia de camaradería y amistad que prefiere centrar más de la mitad de su metraje en chistes sobre la actividad sexual en la tercera edad, gags sobre viagras e inyecciones en el pene que provocan más tristeza que sonrisas. Estos actores no se merecen algo así. O sí. Ellos lo han elegido. E imagino que ya pueden hacerse un cuarto de baño nuevo en la masión, o pagar el colegio a los nietos, vaya usted a saber. De las ruinas se puede salvar la interpretación de Walken, alguien al que uno nunca se cansa de ver y escuchar, la presencia de Pacino y el carisma de Arkin, es decir, lo que venía en el contrato, lo mínimo de lo mínimo. Más allá de eso, la nada, la tontería, el topicazo, la rutina, el olvido. 
 
¿Momentos buenos? Alguno hay. Se puede intuir algo de lo que podría haber sido 'Tipos legales' en las conversaciones de bar entre sus personajes, en las reflexiones sobre el paso del tiempo, en la mirada de estos intérpretes a los que uno desea una vejez extensa en la cual puedan encontrar mejores trabajos, películas a su altura, historias que les permitan lucirse en su mayor esplendor. Por desgracia, esta última noche de fiesta, drogas, sexo y rock and roll, o soul en este caso, solamente deja una resaca en forma de canción de Bon Jovi. Cansina, molesta, intrascendente. Y a estas alturas del concierto, lo que uno espera que estos tres tenores se marquen es un 'My way' como Dios manda. Esperemos al siguiente bis. 

 

 

 

 

 

Publicado: 9/04/2013

Mucha gente ha criticado a esta 'Efectos secundarios' por esconder en su interior a dos películas totalmente diferentes. El último trabajo de Steven Soderbergh, en todos los sentidos ya que el director estadounidense asegura que se retira del cine, es, primero, un drama sobre el poder de la depresión, un análisis de la factura que deja esta bestia sin piedad ni paciencia y, además, una denuncia algo liviana y superficial de cómo el mundo de la medicina, y especialmente la empresa farmacéutica, aprovecha esta situación para llevar a cabo su objetivo más importante, el de hacer el mejor negocio posible. Asentados personajes y trama, Soderbergh decide entonces realizar un giro de 180 grados y convertir su historia en un thriller clásico, con ecos de Hitchcock, De Palma e incluso Fincher. Un cambio de fondo, que no de forma, en los que muchos han visto una oportunidad perdida por parte de Soderbergh para realizar una de sus mejores películas. Y sí, pero no.

 
Digo esto porque, si bien es cierto que ese primer tramo resulta especialmente logrado, con capacidad para captar la atención del espectador, sumergido en un retrato de la depresión que destaca las características más caóticas de la enfermedad, Soderbergh se nota mucho menos pretencioso, más liberado, cómo si disfrutara másde su criatura, cuando se centra en los giros de guion, en la sorpresa tras sorpresa, en el truco y la trampa, los recovecos de una historia cuyo único 'pero' se puede encontrar en una resolución algo apresurada y rocambolesca, alejada de la pausa cais hipnótica que la rodeaba durante la mayor parte del metraje. Soderbergh es un tipo inteligente, siempre lo ha sido, y ha ido saltando de género en género, combinando blockbusters con cintas históricas, grandes proyectos con películas casi independientes y, 'Efectos secundarios', recupera el modelo de una de sus últimas y más conseguidas propuestas, 'Contagio', con la que coincide en tono, atmósfera y, sí, en reparto de campanillas. Jude Law y Rooney Mara, geniales, son el eje central de una propuesta que cuenta también con una carismática Catherine Zeta Jones recuperada para la causa. 
 
Si es cierto que Soderbergh no volverá a rodar una película, no olvidemos que no es la primera vez que realiza esta 'amenaza', el cine perderá a un autor, para lo bueno y para lo malo, uno de esos directores que no dejan indiferentes, comprometidos con su discurso cinematográfico, para el que la variedad y el cambio son elementos indispensables, un realizador que siempre, o casi siempre, ha hecho y contado lo que le ha dado la gana. ¿Qué tenía un filón para rodar una sobria y elegante denuncia a la mafia farmacéutica y el juego que establece con nuestras enfermedades? Sí. ¿Qué le apetecía hacer un, igual de sobrio y elegante, thriller de toda la vida para disfrute del gran público? Pues también. ¿Y quiénes somos nosotros para no respetar los últimos deseos? 'Efectos secundarios' es la película que Soderbergh ha querido que sea. Una notable despedida. 

 

 

 

 

 

Publicado: 8/04/2013

 

Ese momento de la partida en el que todo depende de una última carta, un último movimento que sirva para desequilibrar la balanza, victoria o derrota, nada de medias tintas ni compasión. Si tienes la carta ganadora, es tu momento. Si tienes dudas, caes con todo el equipaje. El thriller, el bueno, el de verdad, siempre ha sido la perfecta metáfora del juego mental predispuesto entre el espectador y el cineasta, un tablero de ajedrez donde las distintas piezas se van moviendo al antojo de una historia siempre abierta al juicio e intuición de aquellas personas que se sientan en la butaca con aspiraciones de investigar y descubrir el embrollo antes que los protagonistas del mismo. Una de las mejores y más redondas demostraciones del género era 'El secreto de sus ojos', una obra maestra en la que todo estaba narrado con maestría, inteligencia y emoción, un referente del cine argentino con la que más de uno se ha empeñado en comparar a esta 'Tesis sobre un homicidio' con la que lo único que comparte es nacionalidad y protagonista principal. Por lo demás, aún entendiendo el listón en el que se ha convertido la película de Campanella, pocas similitudes más se pueden establecer entre ambas.
 
El director Hernán A. Golfrid adapta la novela homónima de Diego Paszkowski con buen pulso y oficio, otorgando todo el poder del relato a sus dos actores principales. Por un lado, Alberto Ammann, algo acartonado e inexpresivo, intimidado ante la presenca, con mayúsculas, de Ricardo Darín, ese actor, perdón, ese ACTOR capaz de hacerlo todo y hacerlo bien, poseedor de la mayoría de virtudes que se pueden señalar en un intérprete, es decir, carisma, sensibilidad, magia, personalidad, etc. Todas ellas en grandes proporciones. Un tipo que justifica el precio de una entrada, que te garantiza algo de valor, que te crees todo lo que te cuente, lo que viva, lo que sufra, lo que disfrute. Lo que sea. Su profesor de derecho borracho y maniático de los detalles vuelve a convertirse en otra demostración de genio interpretativo a la altura de muy pocos. No importa el resto, él siempre destaca. Sobre su batalla psicológica con el alumno, en todos los sentidos, Ammann gira una historia de asesinatos, secretos, traumas, miedos, locuras y romance, siendo este último el aspecto menos conseguido de la cinta, que se sigue con un interés constante, entrando en su telaraña de pistas y evidencias, esperando ese último movimiento que otorgue el triunfo o el fracaso de las hipótesis.
 
Esquivando desvelar detalles diremos que, esa última carta sobre la que 'Tesis sobre un homicidio' debe redondear su propuesta termina convirtiéndose en una resolución, cuanto menos, arriesgada. Cuanto más, tramposa, incoherente.  Garantiza la discusión a la salida del cine, siempre agradecida, pero empaña en cierto modo la calidad de un film bien escrito, bien rodado y bien interpretado. Un thriller que en su decisión de ceder el protagonismo al proceso por encima de la solución termina dejando un sabor agridulce, cómo si realmente nunca hubiera llegado a importar demasiado el plan que hubiera trazado un espectador al que le  toca quedarse con aquello de que 'lo importante es el viaje, no el destino'. Afortunadamente, se trata de un camino con buenos paisajes y un guía apellidado Darín.  Ese ACTOR. 

 

 

 

 

 

Publicado: 19/03/2013

Comentaba hace poco con unos compañeros lo complicado que puede ser escribir una crítica sobre una película que no te ha gustado, la necesidad de encontrar argumentos para destacar de algo que no te ha despertado el mínimo interés, que solamente te ha llevado al bostezo, que no ha conseguido evadirte del mundo exterior e introducirte en su universo. En el otro lado de la balanza, lo fácil que es hablar acerca de algo que te haya enamorado, que te haya hecho salir de una sala de cine en una nube, que te haya hecho aplaudir muy fuerte por dentro, hipnotizado ante unas imágenes y sonidos que abandonan la pantalla para clavarse en tu memoria. 'Spring Breakers' supone una opción real para ambas posibilidades. Una de esas películas que no dejan indiferente, que parecen (re)inventar géneros, que juegan con todo y todos, que establecen reglas y límites. Obras que, en definitiva, se aman o se odian. Y un servidor se posiciona, de manera apasionada, con el primer grupo.

 
La nueva película de Harmony Korine es una de las películas más redondas que han llegado a la cartelera en bastante tiempo, una tormenta de sensaciones elevadas al infinito, una locura brillante y compleja que esconde en su interior la reflexión final sobre el libertinaje y la moralidad, la fiesta desfasada, la borrachera del sábado noche y los sueños imposibles que deja la resaca. Protagonizada por cuatro actrices, recalquemos ese término para que nadie se confunda, valientes, rendidas ante sus personajes, cuatro hadas, cuatro ninfas, cuatro caperucitas que vacilan a un lobo con el rostro de James Franco en una de las mejores interpretaciones de su carrera. Lo que queda, por encima del mensaje, es arte. Escenas antológicas como el atraco a la cafetería o su tramo final permiten descubrir en Korine a un director a tener en cuenta, capaz de equilibrar un conjunto que da la impresión de que, en otras manos, podría haber terminado en desastre. 
 
Film generacional, una mirada pasada de rosca, poética, violenta, sucia y brutal sobre la oscuridad que rodea el paso a la madurez, la entrada a un mundo adulto entre pistolas, cocaina, música a todo volúmen, alcohol, sexo y atardeceres. Korine ha facturado una película llena de estilo, una orgía de luces de neón, balas, besos de tornillo y madrugadas eternas. Una oda a la figura del pop art actual, de la belleza de lo vulgar, de la inocencia, de las víctimas que se quedan en el camino. Cuatro princesas rebeldes que llaman a sus madres y sus abuelas para contarles lo bien que se lo están pasando, lo mucho que han madurado, lo que están creciendo. Cuatro heroínas en bikini. Cuatro iconos capaces de convertir una canción de Britney Spears en una de las mejores escenas que nos ha dejado el cine reciente. Las 'Spring Breakers'. Las protagonistas de una de las películas del año. 

 

 

 

 

 

Publicado: 17/03/2013

Cuando hablamos de egocentrismo en el cine, pocas, muy pocas veces vamos más allá del que se le adjudica a la superestrella protagonista de turno, al intérprete que carga sobre sus espaldas con el peso de toda una producción, al vencedor o vencido dependiendo de los números de taquilla, sin importar demasiado, para que engañarnos en este santo oficio, la recepción crítica de la propuesta. Sin embargo, a lo largo de la Historia, existen unos señores y señoras que, a base de éxitos, consiguen que su nombre en el cartel promocional aparezca, si no más grande, al menos con el mismo tamaño que el de un Johnny Depp, George Clooney o Charlize Theron, por poner tres ejemplos. Scorsese, Spielberg, Burton, Allen, anteriormente Ford, Peckinpah, Kubrick, entre otros, son directores cuyo estatus es equiparable al de cualquier miembro de reparto que tengan bajo su mando. La figura del director, tan respetada y alabada en el sector crítico, pcoas veces es recibido con la misma importancia por el espectador medio. Joe Wright, director británico responsable de dos películas notables ('Orgullo y prejuicio' y 'Hannah'), una medianía ('El solista') y una obra maestra ('Expiación') siempre ha demostrado una confianza ciega en su labor, una carga de responsabilidades que va más allá de su mero trabajo, un arsenal de intenciones artísticas que ha encontrado en la adaptación de la 'Anna Karenina' de León Tostói, su cima. Personal, eso sí.

 
Porque esta historia de amores de época repleta de drama, intensidad, engaños, romances y locuras ha sido desprendida, precisamente, de eso, de emoción para dejarlo todo en las manos del arte, sus posibilidades, la fusión de dos vehículos, el teatro y el cine, que se unen para convertirse en el parque de atracciones con el que Wright parece haber soñado toda su vida. Aquí hay pasión desmedida, pero no en lo que se cuenta sino en el modo en el que se cuenta. Escenas de aplauso, cautivadoras y repletas de una belleza innegable como el primer baile o la carrera de caballos, se suceden sin descanso ofreciendo al espectador un universo complejo y deslumbrante, un tablero donde las piezas simplemente forman parte del juego. Y ahí está el error. Keira Knightley, con otra interpretación estupenda que convencerá a los que la defendemos y enervará a los que la detestan, se convierte en una excusa para que Wright plasme todas sus pretensiones, se enfrente a los retos del más difíicil todavía e intente acaparar todo el protagonismo posible. Junto a ella, solamente un Jude Law contenido y sobrio es capaz de ofrecer un respiro de clasicismo que Aaron Johnson, lo peor de la película, casi siempre está a punto de decantar hacia lo ridículo. 
 
Es innegable que 'Anna Karenina' es, a nivel técnico, algo muy cercano al sobresaliente. La majestuosidad de sus decorados, la espléndida fotografía y la omnipresente banda sonora de Dario Marianelli son las mejores armas de una película que sitúa su objetivo en los ojos antes que en el corazón. Si esta adaptación se planteó como la coronación de Joe Wright como uno de los grandes directores actuales, arriesgado y valiente, entonces se puede entender como un triunfo. Y confundir con egocentrismo. De lo contrario, si se trataba de transmitir el torrente de emociones que la obra de Tostói contenía en cada una de sus páginas, el trabajo no se ha cumplido del todo. Aunque, a lo mejor, Wright consigue que su nombre aparezca del mismo tamaño que el de Knightley. Ay, como son estos directores de hoy en día, oiga. 

 

 

 

 

 

Publicado: 10/03/2013

 

 
Si me pongo a buscar en mi baúl de los recuerdos cinematográficos me encontraría, en un lugar privilegiado, con 'El mago de Oz', aquella obra maestra de Victor Fleming que deslumbró a crítica y público en el lejano 1939. Una película que debería aparecer en los libros de la Historia del cine como demostración de magia, argumento sobrado de razones para todos aquellos que defienden (defendemos) el séptimo arte como máquina de fabricar sueños, modificar estados de ánimo, viaje sin billete de vuelta a mundos que una pantalla en blanco es capaz de convertir en realidad. La historia de Dorothy, el espantapájaros, el hombre de hojalata y el león a lo largo del camino de baldosas amarillas no solamente no ha envejecido lo más mínimos sino que mantiene intacto su etiqueta de clásico atemporal, tour de force imaginativo y musical, colorido y ensoñador, divertido y nostálgico. Todo en ella funcionaba a la perfección, coronado por una Judy Garland que nos robaba el corazón con aquel 'Somewhere over the rainbow' que retaba a los lacrimales sin compasión. Setenta y cuatro años después, el director Sam Raimi nos propone un regreso a Oz para contarnos, esta vez, lo que ocurrió antes de que la chica de zapatos de rubí aterrizara para convertirse en heroína. Es decir, la historia de nuestro amado mago.
 
 
Y el comienzo no puede ser mejor. Raimi abre este fastuoso espectáculo rindendo tributo al clásico, así, tras unos espléndidos títulos de crédito, el espectador se sumerge en un universo cirquense en blanco y negro repleto de encanto, ternura e, incluso, algo de melancolía. Un prólogo en el que James Franco, protagonista absoluto, controla algo que, a la larga, se convierte en incontrolable, esos tics tan irritantes que confunden el asombro con la vuelta de rosca. Aún así, unos primeros minutos que, sin acercarse a las sensaciones, irrepetibles, que provoca su referente, si que abre la puerta a la esperanza de ver algo diferente. Hasta que el tornado hace acto de presencia, los colores inundan la pantalla y entramos en el mundo de Oz. Entramos entonces en un terreno conocido, con un referente visual claro, el de la decepcionante 'Alicia en el país de las Maravillas' de Tim Burton, que, con todo, es capaz de fascinar en algunos de sus deslumbrantes paisajes. Sin embargo, aparecen dos brujas con los, preciosos, rostros de Mila Kunis y Rachel Weisz y el conjunto empieza a desinflarse, cayendo en una monotonía narrativa que nos acerca peligrosamente el bostezo. Un terreno de nadie donde solamente destaca la presentación de un personaje tan certero y delicado como el de la muñeca de porcelana. 
 
 
Afortunadamente, cuando se empieza a dar por perdida la función, Raimi decide apostarlo todo a la ficha del espectáculo, del entretenimiento familiar de luces y fuegos artificiales, y es entonces cuando la película se quita el disfraz y se muestra tal y como es, la defensa a ultranza de la magia como motor para mantener la esperanza, la fe y la ilusión en el mundo y, sí, también en el ser humano. La mano Disney y su mensaje de bondad, felicidad y finales felices está más que presente, representado especialmente en el rostro luminoso de Michelle Williams, pero aún así Raimi consigue, sacrificando personalidad por entusiasmo, algún destello de riesgo en un trabajo notable, repleto de energía contagiosa. Parece imposible que 'Oz, un mundo de fantasía' consiga impactar a una generación del mismo modo que 'El mago de Oz' lo hizo hace más de setenta años pero, con todo, es un mérito indiscutible seguir defendiendo la magia como la auténtica protagonista del cine, ese lugar donde todavía queda sitio para los aplausos de unos chavales entusiasmados por lo que acaban de ver. Puede que no sea emoción, pero no es poca cosa.
 

 

 

 

 

 

Publicado: 9/03/2013

El cine de Pedro Almodóvar siempre ha aceptado varias lecturas y su último trabajo no es, ni muchísimo menos, una excepción. Anunciada a bombo y platillo como el ansiado regreso del cineasta a la comedia, género al que pertenecen algunas de sus mejores obras, 'Los amantes pasajeros' se puede analizar y valorar desde distintos puntos de vista. A continuación, para estructurar mejor este análisis, lo haremos a través de tres puntos.

1 - Almodóvar y el humor.
 
¿Funciona 'Los amantes pasajeros' cómo comedia? Sí, a medias. Lastrada por un ritmo irregular y altibajos de un guion que, por contexto y situación, daba para mucho más, a la película le cuesta mantener un ritmo que se balancea con demasiada facilidad. Afortunadamente, cuenta con tres ases en la manga que son, sencillamente, un triunfo. Ese trío de azafatos, espléndidos Javier Cámara, Raúl Arévalo y Carlos Areces, son de las cosas más divertidas que le han pasado al cine español en unos cuantos años, unos actores en estado de gracia que funcionan como justificación total del film y, además, como tabla de salvación, bocanada de aire fresco cuando la densidad de la comedia, lo peor que puede ocurrir, acecha en el horizonte. El resto de personajes se ven contagiados por el desequilibrio del conjunto, por lo que se mezcla el logro(Cecilia Roth, Lola Dueñas, Antonio de la Torre e, incluso, Hugo Silva) y el fracaso, demostrado especialmente en la trama de Guillermo Toledo y una preciosa Blanca Suárez que hace lo que puede con un papel que podría haberse quedado, perfectamente, en la anécdota. En definitiva, una buena comedia, menos excesiva y alocada de lo que debiera y, ay, de lo que parece creerse.
 
2 - Almodóvar y la metáfora española.
 
¿Funciona 'Los amantes pasajeros' como metáfora de lo que está sucediendo en nuestro país? Sí, a medias. Todo es tan evidente, tan descarado, que sorprende ver a todas las personas que parecen haber descubierto la pólvora trazando paralelismos entre los personajes y el día a día de esta España mía, esta España nuestra. Si uno se lo plantea como un juego de semejanzas y diferencias, lo más probable es que a los diez minutos de metraje haya ganado la partida sin haberse despeinado. Y lo cierto es que Almodóvar tenía las armas para cargar y disparar contra todos, o casi todos. Cantidades industriales de ironía y sarcasmo que se quedan en la recámara ya que prefiere apostar por la ligereza, la parodia e, incluso, algo de ternua y condescendencia,  amor desmedido que siempre demuestra por sus personajes pero que, en esta ocasión, podría haber servido para otorgarle una confianza lo suficientemente alta como para darles algún que otro golpe. En definitiva, una realidad tangible y nada encubierta disfrazada de metáfora sobre lo que somos, en lo que nos hemos convertido.
 
3 - Almodóvar y su carrera.
 
¿Funciona 'Los amantes pasajeros' dentro de la filmografía de Pedro Almodóvar? Sí, a medias. Ya se sabe que tras el estreno de cada una de sus películas,comienza la tarea de de evaluar y analizar si está a la altura del estatus adquirido, pagaje obligatorio para los grandes, si puede suponer un punto de inflexión, etc. En esta ocasión, nos encontramos ante un film que supone un pequeño bajón después de las infravaloradísimas 'Los abrazos rotos' y 'La piel que habito', dos obras que merecen constante reivindicación.  'Los amantes pasajeros', cumple a secas, no va más allá de una historia que no llega a ninguna parte pero que, por el camino, deja grandes momentos, algunos antológicos (ese número musical) , otros carentes de todo sentido (los protagonizados por Miguel Ángel Silvestre y Laya Martí) y excesos gratuitos, como esos minutos de desenfreno sexual que poco, más allá del surrealismo, aportan a una película que uno abandona con la sensación de que le habría gustado amarla más o, dado el caso, odiarla más. Se encuentra comodidad cuando se quería devoción. Al final, si a los amantes les quitas la pasión, es lo que te queda. Un buen rato. Y fin. 

 

 

 

 

 

Publicado: 23/02/2013

Los extremos nunca son buenos, la virtud está en el término medio. Desconozco las veces que he escuchado esa frase a lo largo de mi vida, siempre con una orientación destinada al consejo y que me situaba de nuevo frente a la relación teoría/práctica, es decir, lo primero es fácil, lo segundo. menos. Encontrar ese equilibrio en la vida no es una tarea nada sencilla y en el cine, a pesar de contar con los instrumentos que aporta el arte, tampoco lo es.  Los hermanos Wachowski, responsables de reinventar y (re)destruir el cine de ciencia ficción en una misma trilogía ('Matrix'), dejan de lado la psicodelia loca y petarda de la inclasificable 'Speed Racer' para intentar el más difícil todavía, la adaptación de la novela inadaptable de David Mitchell, el contar la historia del ser humano, el viaje de las almas a través del tiempo, el descubrimiento constante del viajero itinerante, la esencia misma del paso del tiempo, el amor y los cambios. Todo eso está en 'El atlas de la nubes', tres horas cuyos propósitos y ambiciones no se esconden, ni descansan ni dejan al espectador descansar a lo largo de un trayecto en forma de puzzle.

 
 
Con la inestimable ayuda de un director tan interesante como Tom Tykwer, los Wachowski lo quieren contar absolutamente todo, desde todos los puntos de vista posible y, por lo tanto, usando todos los géneros cinematográficos posibles. El cine dentro del cine, el drama romántico y pasional, el thriller clásico de los setenta, la ciencia ficción, la comedia delirante y surrealista, la aventura futurista o, incluso, el cine histórico. La abolición de la esclavitud, la bisexualidad, la vejez, el romance a través de los años y su evolución, la solidaridad, la familia, la muerte, la revolución contra el opresor, todo, absolutamente todo, cabe en una película que es muchas películas a la vez y que, pese a ofrecer un trabajo maestro en su sala de montaje, capaz de hacer que nos acostumbremos a su compleja narrativa hasta llegar a dotar a todo de un sentido que, al comienzo, se intuía como imposible, tienen tantos fallos como logros.
 
 
La factura técnica es, evidentemente, uno de sus grandes puntos a favor. Imaginativa y arriesgada, su aspecto visual,acompañado por una maravillosa banda sonora, es capaz de trazar conexiones entre todas las historias sin que resulte forzado. Al contratio, que un mismo reparto se enfrente a cinco personajes, mínimo, por cabeza, es original aunque desproporcionado, algo que está en la naturaleza implícita del film, por lo que, pese a contar con un Tom Hanks realmente inspirado y un Jim Broadbent capaz de hacerlo todo bien, también tenemos a una Halle Berry cuyo mayor mérito sigue siendo el habernos hecho creer un día que era buena actriz, un Hugh Grant desastroso en todos sus papeles, que es un logro en sí mismo, y Jim Sturgess, un actor que sigue perdido en la nada. Errores de casting que, junto a un metraje tan necesario como desproporcionado, termina lastrando una película que consigue lo que se creía imposible, ser interesante y pedante, excesiva y simple, emocionante y absurda, apasionante y ridícula. Aunque, pensándolo bien, así somos los seres humanos y, a fin de cuentas, de eso habla 'El atlas de las nubes'

 

 

 

 

 

Publicado: 23/02/2013

Los extremos nunca son buenos, la virtud está en el término medio. Desconozco las veces que he escuchado esa frase a lo largo de mi vida, siempre con una orientación destinada al consejo y que me situaba de nuevo frente a la relación teoría/práctica, es decir, lo primero es fácil, lo segundo. menos. Encontrar ese equilibrio en la vida no es una tarea nada sencilla y en el cine, a pesar de contar con los instrumentos que aporta el arte, tampoco lo es.  Los hermanos Wachowski, responsables de reinventar y (re)destruir el cine de ciencia ficción en una misma trilogía ('Matrix'), dejan de lado la psicodelia loca y petarda de la inclasificable 'Speed Racer' para intentar el más difícil todavía, la adaptación de la novela inadaptable de David Mitchell, el contar la historia del ser humano, el viaje de las almas a través del tiempo, el descubrimiento constante del viajero itinerante, la esencia misma del paso del tiempo, el amor y los cambios. Todo eso está en 'El atlas de la nubes', tres horas cuyos propósitos y ambiciones no se esconden, ni descansan ni dejan al espectador descansar a lo largo de un trayecto en forma de puzzle.

 
 
Con la inestimable ayuda de un director tan interesante como Tom Tykwer, los Wachowski lo quieren contar absolutamente todo, desde todos los puntos de vista posible y, por lo tanto, usando todos los géneros cinematográficos posibles. El cine dentro del cine, el drama romántico y pasional, el thriller clásico de los setenta, la ciencia ficción, la comedia delirante y surrealista, la aventura futurista o, incluso, el cine histórico. La abolición de la esclavitud, la bisexualidad, la vejez, el romance a través de los años y su evolución, la solidaridad, la familia, la muerte, la revolución contra el opresor, todo, absolutamente todo, cabe en una película que es muchas películas a la vez y que, pese a ofrecer un trabajo maestro en su sala de montaje, capaz de hacer que nos acostumbremos a su compleja narrativa hasta llegar a dotar a todo de un sentido que, al comienzo, se intuía como imposible, tienen tantos fallos como logros.
 
 
La factura técnica es, evidentemente, uno de sus grandes puntos a favor. Imaginativa y arriesgada, su aspecto visual,acompañado por una maravillosa banda sonora, es capaz de trazar conexiones entre todas las historias sin que resulte forzado. Al contratio, que un mismo reparto se enfrente a cinco personajes, mínimo, por cabeza, es original aunque desproporcionado, algo que está en la naturaleza implícita del film, por lo que, pese a contar con un Tom Hanks realmente inspirado y un Jim Broadbent capaz de hacerlo todo bien, también tenemos a una Halle Berry cuyo mayor mérito sigue siendo el habernos hecho creer un día que era buena actriz, un Hugh Grant desastroso en todos sus papeles, que es un logro en sí mismo, y Jim Sturgess, un actor que sigue perdido en la nada. Errores de casting que, junto a un metraje tan necesario como desproporcionado, termina lastrando una película que consigue lo que se creía imposible, ser interesante y pedante, excesiva y simple, emocionante y absurda, apasionante y ridícula. Aunque, pensándolo bien, así somos los seres humanos y, a fin de cuentas, de eso habla 'El atlas de las nubes'

 

 

 

 

 

Publicado: 16/02/2013

En una década donde la pirotecnia visual, el gran espectáculo de golpes y explosiones, anda en permanente pelea con la acción tradicional, los mamporros sacados directamente de la sección ochentera del videoclub, donde el espectador amante del género se pirra tanto por los 'Transformers' de Michael Bay como por los mercenarios de Stallone, el lugar privilegiado de John McClane estaba preparado para ser tomado de nuevo por Bruce Willis. Cuatro entregas anteriores, notables todas ellas, ninguna especialmente memorable, servían de alfombra roja para que el tipo que siempre está en el lugar y el momento más inoportuno, se enfundara de nuevo su camiseta blanca y diera una nueva dosis de su show palomitero. 'La jungla de cristal 5', ahorraremos el titulo obvio que se le ha dado en nuestro país, nos trae de vuelta a uno de los heroes de acción más carismáticos del cine, para que se enfrente al más dificil todavía, levantar una película que hace aguas por todas partes.

 
 
Esta nueva entrega dirigida por John Moore, al que le debemos estupideces del tamaño de 'Max Payne' o el remake de 'La Profecía', contagia su torpeza al resto de factores de una película que, a diferencia de sus antecesoras, se preocupa poco o nada en justificar, aunque sea un poco, sus escenas de acción. Evidentemente, no se le pide un guión de hierro o una sucesión de giros que nos dejen con la boca abierta, pero si que se debe exigir un mínimo de coherencia, un respeto que pierde en el momento en el que su protagonista decide destrozar media Moscú sin mayor razón que la de hablar con su hijo. Porque, en el desastroso guión firmado por Skip Woods, el conflicto paterno filial es el elemento 'dramático' que sirve, exclusivamente, para que Willis y Jai Courtney, uno de esos actores al que pedirle un mínimo de expresividad se antoja misión imposible, se enfrenten a las peores líneas de diálogo que se han escuchado en toda la saga. La trama, por estúpida, tampoco merece mayor comentario.
 
 
Es probable que, ni siquiera los que se acerquen a esta nueva entrega desde la nostalgia y el cariño al personaje, terminen disfrutando de una propuesta carente de ritmo, sin atisbo alguno de humor, capaz de despertar la verguenza ajena en algunas escenas que anulan la simpática autoparodia para demostrar una falta total de cariño y respeto hacia sus personajes. John McClane, pese a estar interpretado por un Bruce Willis con el piloto automático más puesto que nunca, sigue siendo un personaje muy potente, con presencia e identidad propia, capaz de estar por encima de un despropósito como éste. Esperemos que en la sexta entrega, ya confirmada, decida poner punto y final a una saga que jamás se mereció un tropiezo de estas dimensiones. Está claro que no era un buen día para morir, Bruce, pero tampoco para regresar. Así no.

 

 

 

 

 

Publicado: 8/02/2013

Dejar de sentirse solo, tener la capacidad de encontrar refugio cuando todo a tu alrededor parece vacío, planear una huida hacia delante sin poder dejar de lado lo que viene detrás. Esconderte en una canción, grabar un casette con los temas favoritos de esa persona que, en medio del infierno, se ha convertido en tu ángel de la guarda, recorrer la ciudad de madrugada desafiando al viento, saboreando cada segundo como si fuera el último. Interpretar tu musical favorito, escuchar por primera vez a Bowie, bailar en medio de una fiesta donde la esquina de luces apagadas parecía tu destino, dejarte llevar por la sinceridad hacia un punto donde el beso y el tortazo, la victoria y la derrota, viven separados por una línea fina e invisible. Hablar de una generación sin tiempo ni lugar o, mejor dicho, con un tiempo y un lugar infinito, adaptable a cualquiera. Hablar de unos personajes y, al mismo tiempo, ser capaz de hablarle a todo tipo de espectadores. 'Las ventajas de ser un marginado', adaptación de Stephen Chbosky de su novela homónima, plantea todo esto. Y consigue mucho más.

 
 
No era terreno fácil pero sí conocido. Se pueden (mal)gastar párrafos hablando de cine 'indie', de hasta que punto se utiliza esa etiqueta como tópico baremo para meter en el mismo saco a películas que tienen poco, o nada, que ver entre ellas. Se pueden (mal)gastar párrafos hablando del edulcoramiento al que se someten casi todas las adaptaciones que pasan de las hojas a una pantalla grande. Y, también, se pueden (mal)gastar párrafos hablando de las posibles pretensiones ocultas de este tipo de trabajos. Pero sería quedarse en la orilla de los prejuicios y olvidar lo que realmente tenemos entre manos, una película sobresaliente, con un espléndido trío de protagonistas, Logan Lerman, Ezra Miller y una maravillosa Emma Watson que se aleja de Hogwarts para merendarse planos, con una historia que habla con gracia, cantidades industriales de encanto, sensibilidad e inteligencia de la soledad, la amistad, el amor, el miedo, los traumas, la música, la libertad, la vida y la muerte. 
 
 
Chbosky esquiva todas las trampas que se le ponen por delante, el tópico y lo previsible, por la absoluta devoción que siente hacia sus personajes, contando su historia con el corazón, de manera apasionada y delicada al mismo tiempo. Regala momentos preciosos para una película que nunca deja de tener presente el dolor como elemento inasociable al proceso de crecer y madurar. La inevitable balanza de cosas buenas y malas. Las despedidas y los reencuentros. Los primeros besos y los últimos regalos. Escribir como método para contarle a alguien que no está lo que ya no puedes decirle. Puede que 'Las ventajas de ser un maginado' tenga mayor o menor impacto dependiendo del estado emocional frente al que te enfrentes a ella pero lo que es innegable es que todos, ya sea hoy, ayer o mañana, nos hemos sentido solos en alguna ocasión, nos hemos enamorado, hemos sentido la plenitud de una amistad, nos hemos entusiasmado, hemos perdido, hemos ganado, hemos hecho de una canción algo personal e intransferible. Todos hemos sido héroes alguna vez. Y, sino, siempre hay tiempo para sentirse, durante un instante, infinito. Aunque sea en una sala de cine. 

 

 

 

 

 

Publicado: 8/02/2013

Dejar de sentirse solo, tener la capacidad de encontrarr refugio cuando todo a tu alrededor parece vacío, planear una huida hacia delante sin poder dejar de lado lo que viene detrás. Esconderte en una canción, grabar un casette con las canciones favoritas de esa persona que, en medio del infierno, se ha convertido en tu ángel de la guarda, recorrer la ciudad de madrugada dejando que el viento te golpee en la cara, saboreando cada segundo como si fuera el último. Interpretar tu musical favorito, bailar en medio de una fiesta donde la esquina de luces apagadas parecía tu destino, dejarte llevar por la sinceridad hacia un punto donde el beso y el tortazo, la victoria y la derrota, viven separados por una línea fina e invisible. Hablar de una generación sin tiempo ni lugar o, mejor dicho, con un tiempo y un lugar infinito, adaptable a cualquiera. Hablar de unos personajes y, al mismo tiempo, ser capaz de hablarle a todo tipo de espectadores. 'Las ventajas de ser un marginado', adaptación de Stephen Chbosky de su novela homónima, plantea todo esto. Y consigue mucho más.

 
 
No era terreno fácil pero sí conocido. Se pueden (mal)gastar párrafos hablando de cine 'indie', de hasta que punto se utiliza esa etiqueta como tópico baremo para meter en el mismo saco a películas que tienen poco, o nada, que ver entre ellas. Se pueden (mal)gastar párrafos hablando del edulcoramiento al que se someten casi todas las adaptaciones que pasan de las hojas a una pantalla grande. Y, también, se pueden (mal)gastar párrafos hablando de las posibles pretensiones ocultas de este tipo de trabajos. Pero sería quedarse en la orilla de los prejuicios y olvidar lo que realmente tenemos entre manos, una película sobresaliente, con un espléndido trío de protagonistas, Logan Lerman, Ezra Miller y una maravillosa Emma Watson que se aleja de Hogwarts para merendarse planos, con una historia que habla con gracia, cantidades industriales de encanto, sensibilidad e inteligencia de la soledad, la amistad, el amor, el miedo, los traumas, la música, la libertad, la vida y la muerte. 
 
 
Chbosky esquiva todas las trampas que se le ponen por delante, el tópico y lo previsible, por la absoluta devoción que siente hacia sus personajes, contando su historia con el corazón, de manera apasionada y delicada al mismo tiempo. Regala momentos preciosos para una película que nunca deja de tener presente el dolor como elemento inasociable al proceso de crecer y madurar. La inevitable balanza de cosas buenas y malas. Las despedidas y los reencuentros. Los primeros besos y los últimos regalos. Escribir como método para contarle a alguien que no está lo que ya no puedes decirle. Puede que 'Las ventajas de ser un maginado' tenga mayor o menor impacto dependiendo del estado emocional frente al que te enfrentes a ella pero lo que es innegable es que todos, ya sea hoy, ayer o mañana, nos hemos sentido solos en alguna ocasión, nos hemos enamorado, hemos sentido la plenitud de una amistad, nos hemos entusiasmado, hemos perdido, hemos ganado, hemos hecho de una canción algo personal e intransferible. Todos hemos sido héroes alguna vez. Y, sino, siempre hay tiempo para sentirse, durante un instante, infinito. Aunque sea en una sala de cine. 

 

 

 

 


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