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El Bloc

 

 

 

Publicado: 21/01/2012

Manifestación del día 21

Para mí que el president de la Generalitat y plenipotenciario del PP, Alberto Fabra, debe ponerse serio con sus chicos o se le va a liar gorda. Se pueden hacer recortes y capear el temporal. Se puede tener una docena de diputados y otros cargos imputados en casos de corrupción y mirar a otro lado sin pudor. Pero me da a mí que la suma de ambas cosas ni se puede lidiar ni admite miradas perdidas en el infinito que se acaba. Es muy difícil (yo diría que imposible) asimilar con mediana serenidad que mientras decenas de miles de valencianos reclaman contra los recortes de la educación pública, significados diputados del PP (como Rafael Maluenda) estén tuiteando desaforadamente prédicas en favor de Francisco Camps ignorando lo que miles de ciudadanos indignados, pero sobre todo preocupados, están tratando de explicar en el centro de Valencia. Las dos cosas (manifestarse por decenas de miles contra los  recortes educativos y manifestarse individualmente en favor de Camps) son igual de legítimas, sin duda. Pero mucho me temo que la segunda, cuando menos, es poco, muy poco, conveniente. 

Mucho me temo que muchos valencianos no van a entender que mientras decenas de miles de ciudadanos pasan frio en calles un sábado (y aulas de lunes a viernes) para recalcar que la educación no puede ser un puro mercadeo, no van a entender pienso, que entretanto, el PPCV se deshaga en comunicados y declaraciones de apoyo a un tal Carlos Fabra a quien un juez acaba de pedir una fianza de 4,2 millones de euros tras imputarlo por un rosario de graves delitos. La segunda, una vez más, es muy poco conveniente.

Mucho me temo yo que tampoco es nada fácil de digerir para un ciudadano de a pie que, mientras decenas de miles de vecinos suyos quieren que se atienda su demanda de una educación al margen de la dictadura de los mercados y mercaderes, la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, símbolo del éxito popular donde los haya, asevere con desparpajo que a cualquiera le regalan un bolso más caro que el jornal mínimo interprofesional o el sueldo mensual de muchos jubilados. Legitimas ambas cosas, sin duda,  pero una vez más la segunda es más inconveniente que otra cosa. 

Para mí que estas inconveniencias, lejos de apuntalar la telaraña de poder que el PP ha ido tejiendo con gran tino electoral en la Comunidad Valenciana, no son más que bofetadas de mucha enjundia en la mismísima cara de Alberto Fabra. Y me da a mí que un presidente de gobierno autonómico y plenipotenciario del partido sobradamente mayoritario, tal vez pueda sobrevivir al desgaste de los recortes y la crisis, tal vez supere los aciagos tiempos y la dramática herencia que le ha tocado en suerte, pero difícilmente podrá sobrevivir a la sarta de bofetadas que un grupo de sus correligionarios le están propinando con tan alarmante desvergüenza. 

No soy yo quién para poner en duda la voluntad ni la intención del aún bisoño Alberto Fabra de poner la Comunitat Valenciana en el lugar del que ha ido cayendo (la han ido derribando, diría yo). Podría ponerla en duda, sí, (aunque no lo haré), pero no sería para nada un gesto que debiera importarle a nadie: sólo sería la libre opinión de un ciudadano más. Pero tal vez Alberto Fabra sí podría analizar si las dudas sobre su voluntad y su intención (de las que yo, lo remarco, no dudo hoy por hoy), debieran sembrarlas un desgraciadamente nutrido grupo de dirigentes no sólo de su partido, sino de las instituciones que nos gobiernan a todos y que de él dependen. Tal vez no es muy conveniente, menos si esas dudas tiene forma de bofetadas en su rostro.

 

 

 

 

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